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TITULO
ORIGINAL |
Gladiator |
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AÑO |
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DURACIÓN |
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PAÍS |
Estados Unidos |
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DIRECTOR |
Ridley Scott |
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GUIÓN |
David Franzoni, John Logan, William Nicholson (Argumento: David
Franzoni) |
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MÚSICA |
Hans Zimmer & Lisa Gerrard |
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FOTOGRAFÍA |
John Mathieson |
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REPARTO |
Russell Crowe,
Joaquin Phoenix,
Connie Nielsen,
Oliver Reed,
Derek Jacobi,
Djimon Hounsou,
Richard Harris |
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PRODUCTORA |
Universal Pictures / Dreamworks Pictures pr. una prod. de Douglas Wick /
Scott Free Productions |
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GÉNERO Y
CRÍTICA
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2000: 5 Oscar: Mejor película, mejor actor (Russell Crowe), vestuario,
sonido, efectos visuales / Aventuras. Imperio Romano / SINOPSIS: En el
año 185, el Imperio Romano domina el mundo conocido. Tras la victoria
sobre los bárbaros, el emperador Marco Aurelio
decide transferir el poder a Máximo, bravo general de sus ejércitos y
fiel militar leal al imperio, pero su hijo Cómodo no lo acepta y trata
de asesinarlo. |
El cine de
romanos, recuperado:
Gladiator, de Ridley Scott
Los seguidores
de la carrera cinematográfica del director inglés Ridley Scott nos hemos
sentido desconcertados al comprobar reiteradamente cómo sus espléndidos
comienzos de finales de los 70 y primeros 80 (recordemos títulos como Los
duelistas, Alien, el octavo pasajero y Blade Runner) se
iban diluyendo a lo largo de una serie de obras tan poco personales como, a
menudo, vulgares (1492, La tormenta blanca, La teniente
O'Neil). Echábamos de menos sus atmósferas inquietantes y su capacidad
para dibujar personajes tan inolvidables como el androide Roy Batty, la
teniente Ripley o Thelma y Louise. A pesar de los sucesivos fiascos de los
últimos años, confiábamos en que el director británico nos ofrecería algún
renovado ejemplo de esos talentos, y por tanto no podemos sino aplaudir la
llegada de Gladiator a nuestras pantallas, no sólo porque nos
reconcilia con aquel Scott que parecía haber sido deglutido por una
industria cada vez más mezquina, sino porque este filme nos hace recordar
tiempos pasados, tal vez mejores y más inocentes, en los que las películas
“de romanos” eran habituales en las carteleras y constituían parte
insustituible de nuestro particular imaginario visual y sentimental.
El cine de
romanos que podríamos llamar clásico (Ben-Hur, Cleopatra,
Quo Vadis, La caída del imperio romano, Espartaco...) y
sus secuelas más o menos presentables (el peplum, tan mitificado hoy
en ciertos círculos) habían desaparecido de la oferta cinematográfica de
primera mano. El género parecía víctima de una siniestra y caprichosa
proscripción, todavía más draconiana que la que padeció el western,
felizmente recuperado por Hollywood gracias a figuras como Clint Eastwood y
Kevin Costner. Durante esa larga ausencia, los nostálgicos de las túnicas y
la legión romana tuvimos que conformarnos con el triste sucedáneo del vídeo
y el todavía más triste recurso de contemplar, durante las habituales
reposiciones televisivas de Navidad y Pascua, las épicas coreografías de
esas películas clásicas, lamentablemente contaminadas por inevitables
avalanchas de anuncios.
Quienes no
tenemos otro título que el de meros aficionados al séptimo arte, no acabamos
de explicarnos la razón última de la desaparición de un género tan meritorio
(y tan útil, por cierto, para propiciar un acercamiento respetuoso a la
antigüedad clásica). Damos por seguro que se trata de fenómeno complejo, con
multitud de perfiles: se ha hablado de que el género estaba abocado a su
extinción por los cada vez más frecuentes costes de producción, derivados de
la necesidad de recrear fastuosos escenarios y coreografiar grandes
movimientos de masas; se ha apuntado también el creciente escepticismo de
nuestra sociedad respecto a los héroes clásicos y los motivos épicos
correspondientes (una razón asimismo válida para explicar la parálisis
productiva que afectó al western); hay quien ha dicho que la
sensibilidad del público contemporáneo no congenia con la tendencia de estas
películas hacia la retórica y la dicción altisonante; por último —y
esta lista de argumentos seguramente no agota todas las dimensiones del
problema— algunos estudiosos han señalado que en el cine de los
últimos años se ha producido un trasvase de los tópicos y motivos temáticos
y de los esquemas argumentales característicos de ciertos géneros (el de
romanos, el de piratas, el western, etc.), hacia otros, y en especial
al de la ciencia-ficción1,
con lo cual aquéllos se han visto privados de su función y sentido.
De todas
formas, estas argumentaciones son, en mi opinión, insuficientes, pues no
permiten explicar el hecho, hasta cierto punto paradójico, de que la
industria cinematográfica abandonara un género por el cual un sector del
público siempre ha mostrado una gran devoción. No debemos olvidar, a este
respecto, la gran acogida que mereció a finales de los 70 y principios de
los 80 una serie televisiva como Yo, Claudio, ni tampoco la reciente
moda de la novela histórica, que ha producido toda suerte de obras
ambientadas en la época romana, las cuales abarcan desde auténticas obras
maestras (la impresionante Nerópolis, de Hubert de Monteilhet, por
ejemplo), a pastiches del relato policial protagonizados por ciudadanos
romanos convertidos en detectives avant la lettre. No podemos olvidar
tampoco que la decadencia del género permitió el desarrollo de un subgénero
cinematográfico bastante productivo —el denominado
peplum—, convertido por la posmodernidad en una de las señas de
identidad cultural del colectivo gay.
Sea como fuere,
lo cierto es que el público que frecuenta las salas de cine se ha visto
gratamente sorprendido por una película que, a juzgar por la respuesta de la
crítica y las cifras de taquilla, está destinada a completar la nómina de
los clásicos del género. Cualquier somero recorrido por Internet nos
demuestra que Gladiator ha fascinado a un público amplísimo, a juzgar
por el sinnúmero de foros, reseñas y comentarios que se acumulan en sus
páginas. Muchas intervenciones se centran en un aspecto siempre polémico de
las películas ambientadas en épocas pretéritas —el respeto a la
realidad histórica y las consecuencias que ello provoca en la verosimilitud
del relato—, olvidando en cambio, no sé si de forma voluntaria
o por simple desconocimiento, un aspecto de la película que me parece
imprescindible para su cabal comprensión. Me refiero al hecho de que
Gladiator viene a ser una versión (lo que habitualmente se denomina un
remake) de una espléndida cinta a la que ya he hecho referencia:
La caída del imperio romano.
No pretendo
descubir ningún Mediterráneo con tal afirmación. Simplemente, deseo destacar
que la película de Ridley Scott sólo puede interpretarse adecuadamente a la
luz de su relación con el clásico de Anthony Mann. Así pues, cabe considerar
la inesperada resurrección del género de romanos, cuando ya lo creíamos
muerto y enterrado, no tanto como ejemplo de la creatividad o capacidad de
riesgo del director británico, sino más bien como una muestra de la cada vez
más frecuente tendencia de Hollywood a hacer versiones de antiguos éxitos
cinematográficos. Para mí es evidente que Scott aprovecha los motivos
argumentales y los conflictos humanos que ya abordó Mann —la
lucha por el poder, los dilemas derivados de lealtades contrapuestas—,
actualizándolos gracias al brillo deslumbrante de los efectos especiales
diseñados en las factorías digitales2
y modernizándolos con ciertas concesiones —a mi entender poco
defendibles, como más adelante trataré de argumentar— al
pensamiento políticamente correcto. En este ámbito intertextual deben
situarse muchos de los aspectos fundamentales de la película de Scott, pero
también algunas curiosas coincidencias, que tal vez no lo sean; entre ellas,
el origen hispano del protagonista Máximo (quien posee una finca en Mérida),
detalle que puede muy bien constituir un homenaje indirecto al hecho de que
la película de Mann se rodó en España, con producción del legendario Samuel
Bronston.
El argumento de
Gladiator tiene abundantes puntos de contacto con el de la película
de 1964: el general romano Máximo Décimo, comandante de las legiones romanas
en Germania, es designado por el anciano emperador Marco Aurelio como su
sucesor, en perjuicio de Cómodo, su propio hijo. Cómodo, celoso de la
predilección que tanto su hermana Lucilla como su padre muestran hacia
Máximo, asesina a Marco Aurelio y ordena matar al general y a su mujer e
hijo, tras lo cual se proclama nuevo emperador. La familia del general
muere, pero él consigue sobrevivir, a costa de graves heridas. Capturado por
unos mercaderes de esclavos, Máximo es vendido al lanista Próximo, quien
convence al antiguo general de que luche como gladiador, lo que le permitirá
ganarse el favor del público y llevar a término sus ansias de venganza. Tras
sucesivos combates, en los que Máximo revela su habilidad como guerrero, se
convierte en un héroe popular, hasta el punto de que es reclamado en Roma
para combatir en el Coliseo. Allí se reencuentra con Lucilla y con Cómodo, y
comienza a planear su venganza...
Esta sinopsis
podría hacernos pensar en un típico protagonista de las modernas películas
de acción, pasado por los filtros del cine histórico. Sin embargo, el
personaje de Máximo resulta muy diferente a esos héroes unidimensionales a
los que Hollywood nos tiene acostumbrados, ya que en él se dan cita muy
diversos y sugestivos matices: antes que un guerrero implacable acuciado por
la sed de venganza, es un jefe responsable, un camarada leal, y, ante todo,
un hombre devoto de su familia, que desea volver a su hacienda de Hispania
para recoger sus cosechas. Ciertos rasgos del personaje de Máximo, como su
religiosidad, su modestia, su capacidad de ternura, incluso el fatalismo
estoico con el que sobrelleva el dolor por la cruel pérdida de sus seres
queridos, resultan más que infrecuentes en el cine de consumo de estos
últimos tiempos3.
En todo caso,
hay que poner de relieve que el potente atractivo del personaje (sobre todo
para el público femenino, a juzgar por las encendidos testimonios que he
podido leer y oír) no sólo es mérito del guión, sino sobre todo de la
vigorosa actuación del actor que encarna a Máximo, un magnífico Russel Crowe
que confirma en esta película las cualidades que ya nos había mostrado en
L.A. Confidencial o El dilema. Crowe se come la pantalla con una
representación carismática y dúctil, capaz a un mismo tiempo de apabullantes
demostraciones de energía física y de rasgos de vulnerabilidad y ternura
ciertamente conmovedores, todo ello dentro de una composición llena de
serenidad, que no cae en ningún momento ni en el envaramiento ni en los
excesos patéticos que suelen ser frecuentes en el cine histórico.
Crowe está muy
bien acompañado por
Joaquin Phoenix y Connie Nielsen, dos
actores relativamente jóvenes cuya carrera seguramente se verá impulsada por
su participación en este filme. Phoenix parece hallarse muy a gusto en su
papel del infame Cómodo, un villano repulsivo al que encarna con una
intensidad y convicción encomiables. En todo caso, y a pesar de que su
personaje tiene más posibilidades que las del otro Cómodo interpretado en
1964 por Christopher Plummer (incluyendo entre ellas todo un variado
muestrario de complejos freudianos y patologías psíquicas) su actuación no
consigue que los espectadores olvidemos la elegancia y el frío cinismo que
Plummer otorgó a su personaje. Algo parecido podemos decir de la actriz
danesa Connie Nielsen, bellísima en todas y cada una de las escenas en que
interviene (los responsables de su vestuario y peinados merecerían un Oscar
en esta categoría), pero algo hierática e inexpresiva, incapaz de trasladar
a la pantalla la pasión que Sofía Loren derrochó en su papel de La caída
del imperio romano. Quizás quepa decir en su descargo que el guión de
Gladiator hace del suyo un personaje algo borroso, de sentimientos
frustrados o indecisos, excesivamente subordinado al empaque épico de
Máximo, por una parte, y a la retorcida perversidad de Cómodo, por otra.
La reseña del
capítulo actoral no puede finalizar sin hacer referencia a dos eminentes
actores, Richard Harris y Oliver Reed, que representan, respectivamente, los
papeles del emperador Marco Aurelio y el lanista Próximo. Parece inevitable
comparar el papel que aquí encarna Harris con el que representó el
recientemente fallecido Alec Guiness en la película de Anthony Mann, y lo
cierto es que, si bien bastante más breve, la figura de este nuevo Marco
Aurelio no tiene por qué hacernos añorar la anterior. De hecho, se trata de
composiciones muy diferentes, pues el guión de Gladiator ha despojado
a la figura de Marco Aurelio de la mayor parte de la dimensión intelectual,
pacifista y filosófica que en su día tuvo el personaje encarnado por sir
Alec Guiness; a cambio, nos encontramos ahora con un enfoque más cotidiano,
que se centra en la figura del hombre envejecido, enteco y desgreñado,
víctima de una amarga sensación de fracaso por haber criado a un hijo amoral
y perverso. La dramática composición de Harris alcanza en algunas secuencias
(por ejemplo, en su conversación con Cómodo, cuando le comunica que no va a
ser el próximo emperador) una auténtica estatura trágica. Por su parte,
Oliver Reed representa un papel nada fácil, pues su personaje de lanista
calculador y cruel (muy distinto al de su colega de Espartaco, el
epicúreo Léntulo Batiato inolvidablemente recreado por Peter Ustinov)
ofrecía un claro riesgo de caer en la caricatura. El malogrado Reed
(recordemos que murió durante el rodaje de esta película) supera ese escollo
otorgando a su más bien siniestro personaje una socarronería y un humor
desengañado que llegan a hacerlo simpático ante los ojos de los
espectadores.
La caída del
imperio romano probablemente ha inspirado a Ridley Scott a la hora de diseñar la
estructura de la película, la cual destaca por la presencia muy notoria de
un cierto tono crepuscular y por la alternancia entre espectaculares
secuencias épicas, por un lado, y momentos intimistas, por otro. Hay que
advertir, no obstante, que las dos películas mantienen en este último
aspecto claras diferencias: mientras que la cinta de Mann subrayaba los
aspectos románticos de la relación entre la princesa Lucilla (Sofía Loren) y
el general Livio (Stephen Boyd), la de Scott prefiere detenerse en una
exploración “psicoanalítica” de la enfermiza personalidad de Cómodo, el cual
mantiene una relación de amor-odio con su padre y una incestuosa atracción
hacia su hermana, y en la evocación onírica de los anhelos y obsesiones de
Máximo4.
Mayor cercanía
entre las dos películas podemos observar en relación con el elemento épico,
resuelto por Scott con una batería de recursos técnicos que eleva la
espectacularidad característica del cine de romanos hasta la enésima
potencia. Tanto las secuencias bélicas como las que describen la
arquitectura de la Roma imperial son asombrosas, tanto por su perfección
plástica (la imagen del exterior del Coliseo, contemplado desde abajo por
los ojos asombrados de Máximo y sus camaradas gladiadores, es muy hermosa)
como por su rotundidad y vigor. De entre todos los ejemplos que se podrían
citar a este respecto, yo prefiero destacar la secuencia que abre la
película (la batalla en los bosques de Germania), que deja al espectador
literalmente pegado a la butaca durante toda su duración. Más allá de las
discusiones sobre la verosimilitud histórica del episodio (he leído por ahí
que se parece más a una batalla de La guerra de las galaxias que a
las de la época romana), no puede hacerse ningún reparo a su enérgica
plasticidad, procedente no sólo de los detalles violentos y sanguinarios,
sino de su precisión y detallismo5.
El espectáculo
visual es siempre esperable en una película de Scott, fotógrafo en sus
inicios profesionales y cineasta que siempre ha prestado un cuidado muy
especial a este aspecto de su quehacer. De hecho, Gladiator ofrece un
rico muestrario de gamas tonales y de ambientes cromáticos, unas veces
luminosos y brillantes (las secuencias de combates en el Coliseo), otras
cálidos e intimistas (las escenas en la tienda del emperador Marco Aurelio),
y otras, finalmente, fríos y hasta siniestros (los combates en Germania o
algunas escenas del interior del palacio de Cómodo). Ahora bien, creo que el
director pierde a veces el sentido de la proporción en su deseo de
impresionar la retina del espectador, lo cual le conduce a determinados
abusos, especialmente en la utilización de filtros de color. Podría señalar
varios ejemplos de este proceder, pero me centraré en uno: varios planos de
la secuencia de la entrada triunfal de Cómodo en Roma tienen un tono
extrañamente grisáceo y fantasmagórico, cuya irrealidad queda realzada por
los acordes wagnerianos de una banda sonora (obra de Hans Zimmer) que sólo
cabe calificar, y no sólo en este episodio, como excesiva. Ante semejante
despliegue, no es extraño que el espectador acabe por cobrar conciencia de
que se halla ante una secuencia demasiado artificiosa, cuya funcionalidad
estrictamente narrativa ha sido sacrificada en el altar del nuevo dios del
cine contemporáneo: las imágenes sintéticas creadas por ordenador.
La película
también se deja arrastrar por los tics del cine contemporáneo en otro
aspecto que al menos para mí resulta más molesto y criticable que el
anterior, y que tiene que ver con el respeto a la verosimilitud histórica.
Soy plenamente consciente de la necesidad de adaptar el argumento y el
retrato de los personajes a la sensibilidad contemporánea; ahora bien, no me
parece admisible el enfoque que adquiere la película en su tramo final: la
conversión de la figura del gladiador Máximo en algo así como un paladín de
la democracia, por parte de Lucila y la facción “progresista” del senado
romano, constituye una concesión a la galería, al aplauso fácil del público,
tan falsa en cuanto a la verdad histórica como inmadura y hasta ridícula.
Haría bien Ridley Scott en mirar hacia Stanley Kubrick y Espartaco
(recordemos el inolvidable duelo interpretativo entre Charles Laughton y
Laurence Olivier, que representaban, respectivamente, a las facciones
popular y aristocrática del senado) para darse cuenta de que es posible
suscitar mediante la narración cinematográfica una reflexión madura y adulta
sobre el poder y la ambición, sin hacer escarnio de la historia de las
mentalidades y sin someterse a la moda de lo políticamente correcto.
Notas
1. Con un solo ejemplo basta para demostrar este argumento:
el fenómeno de Star Wars debe gran parte de su éxito apabullante a su
habilidad para verter en los moldes de la llamada space-opera una
gran variedad de mitos, temas, argumentos y personajes pertenecientes no ya
solo a los géneros cinematofráficos clásicos, sino a otros ámbitos: las
mitologías grecolatina, céltica y nórdica, la narrativa de masas, la cultura
pop, etc.
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2. La incorporación de los efectos especiales generados por
ordenador ha abierto unas posibilidades amplísimas para el cine histórico,
especialmente para lo que podríamos llamar cine de gran espectáculo, el cual
se halla ahora en condiciones de recrear escenarios y ambientes pretéritos
con una brillantez y una verosimilitud casi inimaginables hasta hace muy
poco tiempo. En este sentido, Gladiator no es una novedad tan grande como
pudiera parecer, ya que forma parte de la misma tendencia a la que
pertenecen otras muestras contemporáneas de cine, tanto histórico (Braveheart,
El patriota, U-571) como de otros géneros (Misión a Marte,
La tormenta perfecta, etc.).
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3. Algunos de los aspectos que acabo de señalar aproximan la
película de Ridley Scott a Salvad al soldado Ryan, uno de los mejores
filmes de Steven Spielberg, donde se actualiza la figura del héroe
enfrentado a una empresa imposible. Tanto el general Máximo como el capitán
John Miller (Tom Hanks) ofrecen al espectador el ejemplo de unos hombres
modestos y sencillos, cuya emocionante dignidad procede de la entereza y de
la estoica aceptación con las que afrontan su destino. Quizás no sea una
mera coincidencia el hecho de que el llamado rey Midas de Hollywood esté
implicado en la producción de ambas películas.
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4. La narración de los sueños de Máximo, obsesionado por
volver a sus campos de Mérida para ver a su familia y recoger sus cosechas,
es en mi opinión uno de los aspectos menos conseguidos del filme. No acaba
de convencerme la repetición de esta secuencia (creo recordar que la imagen
de la mano izquierda de Máximo acariciando las espigas granadas aparece tres
veces), ni tampoco su coloración, muy notoriamente virada hacia tonos fríos
capaces de sugerir el ámbito onírico. Me parece un recurso poco natural, y
además discutible en relación con las convenciones del género histórico. En
cualquier caso, hemos de reconocer que la creación de atmósferas con un
tinte onírico más o menos explícito es un rasgo frecuente en el cine de
Scott, sobre todo en sus primeras películas (recordemos títulos como
Alien, Blade Runner, Legend e incluso Black rain).
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5. No todo es sangre y violencia en esta secuencia. También
hay otros elementos menos tópicos: el perro que corre al lado de Máximo, los
gestos inquietos de los hombres antes de comenzar la lucha, la frialdad
desasosegante de la atmósfera, el detallismo con que la cámara retrata la
maquinaria de guerra romana (hasta los legionarios parecen robots cuando
avanzan contra el enemigo), el aspecto inhumano y primitivo de los bárbaros
germanos... Esta mezcla de minuciosidad descriptiva, violencia apocalíptica
y elementos de una cotidianidad casi paradójica viene a confirmar la
influencia que sobre el cine bélico está proyectando Salvad al soldado
Ryan, una película que con el paso del tiempo no hace sino elevar su
altísima estatura y su categoría de auténtico clásico moderno.
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